En la República Dominicana padecemos numerosas injusticias y desigualdades, destacándose entre ellas las determinadas por el uso y abuso de los resortes o mecánicas del poder político.

Creo que el igualitarismo absoluto, en materia socioeconómica, no existe, no ha existido y probablemente nunca existirá.

Y no me refiero a la falta de igualdad ocasionada por las relaciones de producción, las estructuras injustas y la falta de oportunidades iguales para todos, me refiero a las desigualdades derivadas de la posesión de méritos personales distintos y de las actitudes diferentes frente al trabajo.

Esta es una gran discusión. Pero una cosa son las desigualdades derivadas de las señaladas diferencias, y otra las generadas por la concepción del poder y la manipulación inmoral de los recursos del Estado.

¿Cómo entender la existencia de estratosféricos sueldos de algunos funcionarios, en un país en que la mayoría de los trabajadores percibe un salario que no le da para cubrir el costo de la canasta básica? (La Tesorería de la Seguridad Social afirma que el 54.1% de los trabajadores gana menos de RD$15,000).

¿Cómo admitir la práctica de incorporar a personas a la administración pública, con sueldos jugosos, por su relación, parentesco o familiaridad con autoridades públicas? ¿De qué manera entender la existencia de núcleos familiares de altos funcionarios de instituciones y de ministerios, todos cuyos componentes perciben sueldos considerables, en un país en que muchos profesionales han tenido que emigrar al exterior y donde profesionales con postgrado o especialidad no encuentran empleo? ¿Cómo admitir que nuestra Cancillería designe numerosas personas en funciones consulares, mucho más allá de lo necesario y con sueldos apreciables, con un mero propósito clientelar? ¿Cómo es posible que en los más de 20 años que lleva el Partido de la Liberación Dominicana (PLD) gobernando, sea un mismo y reducido número de sus altos dirigentes, quienes han ocupado la jefatura de los ministerios y del Senado? ¿Dónde está el sentido de equidad en ese partido? ¿O es que los demás no tienen méritos y derechos?
La concentración excesiva del poder, su distribución inicua e inequitativa, el disfrute mezquino de sus mieles y de sus heces, son parte de la ceguera moral que hoy nos corroe como país.

Y son también parte de nuestras miserias morales la gran variedad de conductas personales, familiares y grupales que se dan en nuestra nación, y que al producirse en otros puntos geográficos en el pasado, dieron lugar, o sirvieron para explicar, las caídas de grandes imperios, dinastías y corporaciones.

Las conductas a que hemos hecho referencia, y otras más, no son válidas para servir a un partido, a un pueblo, a una nación. Son conductas cercanas a la moral del capo. Eso tiene que cambiar o el cataclismo nos espera.

Celedonio Jiménez
28 de mayo 2019