Los Alcarrizos.- No tienen problemas con quedarse en casa, pero no saben si los matará el virus o el hambre. Este es el gran dilema de los trabajadores informales de República Dominicana, aquellos que no han sido incluidos en el programa del Gobierno y que para sobrevivir prefieren tomar sus propias medidas.

Este es el caso de Sory, una manicurista y pedicurista y también está aceptando clientas con citas cuando las hacen con anticipación. Ella debe trasladarse desde su casa ubicada en Los Alcarrizos hasta la plaza, que se encuentra en Las Palmas, donde tiene su negocio para arreglar las uñas de los clientes. Por eso, recibe más de un cliente por día, “para que el viaje valga la pena”, añadiendo que prefiere tomar citas en la mañana porque a las 5:00 de la tarde debe estar en su hogar ante el toque de queda que prohíbe el tránsito de personas desde esta hora hasta las 6:00 de la mañana.



El caso de Mini

El otro caso es el de Mini, una estilista que tiene un salón en la parte delantera de su casa ubicada en Buenos Aires de Herrera. Sus puertas habían cerrado por la pandemia del coronavirus y aunque el Poder Ejecutivo no ha dispuesto la reactivación de la economía, ella misma se ha dado el permiso para hacer citas a sus clientas y atenderlas sin que se junten dos en el lugar.

“¿Y cómo uno puede sobrevivir?”, son las palabras que justifican la acción de Mini. Ella argumenta que necesita el dinero y que para cuidarse está teniendo toda la debida precaución. Mini atiende con una mascarilla y guantes. Sus clientas también deben permanecer en el salón con una mascarilla puesta y si no llevan guantes puestos, deben lavarse las manos al llegar y al irse.

“Ay mi hija, yo había cerrado realmente, pero ya iba para casi dos meses sin producir”, continúa Mini, quien solo está secando a blower, no a rolos, el pelo de sus clientas. Ella agrega que únicamente recibe a mujeres que había atendido antes de la pandemia y que no presenten ningún síntoma del virus.

Para Mini, sus sueños no pueden verse frustrados por esta situación. En sus planes del 2020 están mudarse a una nueva casa y en la que reside ahora dejaría el salón renovado y agregaría servicios para el cuidado de la piel, las uñas y para masajes.

Nunca cerró

A unos 500 metros de la casa de Mini, en el mismo barrio de Herrera, está la peluquería de Mauro. Él nunca ha dejado de atender a sus clientes, recibiendo solo por cita a una persona. Su justificación para seguir operando, al igual que la estilista, es que si deja de recibir dinero, entonces no tendrá con qué comer ni mantener a su familia.

En estos días, luego de Mauro ver el aumento de los casos por el COVID-19, ha estado un poco renuente para recibir clientes en un día, aunque 24 horas después los acepte porque al final le pesa más la necesidad de sobrevivir de las deudas y las necesidades básicas que la del coronavirus.

Mauro no está operando a escondidas, cualquiera que pase por allí puede verlo recortando, aunque usa guantes y mascarilla.

Comienzan a salir

Desde mediados de marzo, oficios como el que compra y vende electrodomésticos usados y otros bienes, habían desaparecido. Sin embargo, esta semana se volvieron a escuchar las frases de estos trabajadores informales que se pasean por las comunidades de República Dominicana en una guagüita anunciadora “comprando todo lo que sea vieja, abanico viejo, aire acondicionado viejo, todo lo que sea viejo yo se lo compro”.

Rocio es una madre de dos niñas que también se prepara para salir de casa a depilar y tintar las cejas de sus clientas a domicilio. Ella no sabe cuándo el Gobierno dispondrá la reapertura de la economía, pero mientras tanto ha gastado la mayoría de sus ahorros en estos meses por la pandemia y por eso pidió por internet un traje especial para protegerse y seguir trabajando.

Sol trabajaba en un negocio de tintado de cejas hasta que el virus se propagó por República Dominicana. Se cansó de esperar que las autoridades fueran en su auxilio y ahora está atendiendo por citas a las mujeres que requieren el servicio en su casa ubicada en El Libertador de Herrera.

Estudio de la OIT

Las medidas de confinamiento y de contención para hacer frente al COVID-19 amenazan con aumentar los niveles de pobreza relativa de los trabajadores de la economía informal a nivel mundial, de tanto como 56 puntos porcentuales en los países de bajos ingresos, señala un nuevo documento informativo publicado por la Organización Internacional del Trabajo (OIT).

El estudio sostiene que en numerosos países, las disposiciones de distanciamiento social no pueden ser aplicadas eficazmente porque estos trabajadores necesitan alimentar a sus familias.

“Esto compromete los esfuerzos de los gobiernos dirigidos a proteger a la población y luchar contra la pandemia y pueden convertirse en fuente de tensión social en países con una importante economía informal”, agrega.

La investigación de la OIT plantea que los trabajadores informales no tienen otros medios de subsistencia, por ello enfrentan un dilema que prácticamente no puede ser resuelto: morir de hambre o por el virus.

En República Dominicana la mayoría de trabajadores pertenecen al sector informal de la economía, representado en alrededor un 56% de las personas activas laboralmente, mientras que cerca del 44% pertenece al sector formal.

Por Jhenery Ramírez
11 de mayo 2020